Los primeros telares de cintura se armaron en un patio de Cusco, con algodón pima comprado a acopiadores de la zona. Al inicio eran dos tejedoras y una libreta donde anotaban cada medida de pecho y largo para no repetir errores de talla.
El tinte de cochinilla entró después, cuando una chalina mal teñida con anilina manchó la ropa de una clienta en Arequipa. Desde entonces el nogal y la cochinilla se preparan en olla aparte, con tandas cortas y prueba de color antes de sumergir la fibra de alpaca.
Sumamos talleres de Ayacucho para el bordado a mano de las blusas. Cada artesana firma su pieza con iniciales bordadas en el revés, así se puede rastrear quién hizo qué cuando llega un reclamo por puntada suelta.
Cuando el catálogo creció, dejamos de producir por pedido suelto y armamos temporadas cortas. Eso obligó a publicar ficha de tallas reales y avisar en la web cuando un lote se agota, en lugar de prometer reposición que no llega.
El carrito reemplazó al teléfono. Antes se cerraban pedidos por llamada y se perdían tallas en el camino; ahora el envío a Lima, Arequipa y provincias se calcula al momento y queda registro de qué pieza salió de qué taller.
De un patio en Cusco a un carrito que calcula envíos
Paaksala empezó con dos telares de cintura y una libreta de medidas. Hoy trabaja con talleres de Cusco y Ayacucho, tiñe con cochinilla y nogal, y produce en tandas pequeñas para no acumular stock que nadie va a usar. Cada decisión de la marca salió de un problema concreto: una talla mal anotada, un tinte que destiñó, un lote que se agotó sin aviso.